La Isla Desierta, teatro a oscuras en el Konex

A los que poseíamos las entradas para "La Isla Desierta" nos hicieron pasar a un lugar debajo de unas escaleras, justo antes de la puerta que da acceso a la sala. Uno de los organizadores nos rogó que apagáramos los celulares, que no los dejáramos ni siquiera en vibrador. Al mismo tiempo nos hacían formar filas y nos pedían que nos sujetáramos de los hombros de la persona que tuviéramos adelante. Por las próximas dos horas no íbamos a ver absolutamente nada.
Las luces se apagan aunque la claridad de la ciudad y del Centro Cultural aún nos permiten ver. Subimos 3 escalones y ya comenzamos a perder ese sentido al que le asignamos tanto valor. Algunas cortinas nos acarician la cara; ahora sí, no vemos nada. Debemos confiar ciegamente en los hombros de la persona que está adelante; los acomodadores son los propios actores, algunos no videntes, y con precisión de relojero nos asignan lugares en unas sillas de plástico. La oscuridad es total, se siente su peso, casi agobiante.
Comienzan a escucharse máquinas de escribir, gritos, bocinas de buques. De a poco las voces se van haciendo más y más claras, de golpe están dialogando. Así es como comienza "La Isla Desierta", o por lo menos la adaptación de la obra de Roberto Arlt a un teatro pensado por y para no videntes. El Teatro siempre fue algo para ser visto, pero esta compañía, "El Grupo Ojcuro", rompe con toda la tradición y nos propone jugar con el resto de nuestros sentidos, especialmente el del oído, aunque el tacto y el olfato no están ausentes.
Al terminar la función las luces se encienden. El viaje ha terminado. Podemos verles las caras a los actores aunque algunos de ellos no las nuestras. Nunca sabremos quién fue cada personaje. Nunca sabremos cómo nos hicieron creer que estaban arriba nuestro, o lejos, o cerca. Los aplausos de la audiencia completa no dejan de retumbar en un espacio que resulta mucho más extraño, aunque simple, de lo que imaginaba.
Con los ojos cerrados o abiertos, no importa, nos han llevado a pasear por diferentes lugares del mundo, desde Madagascar hasta la China o a un remoto paraje tropical. Un simpático cordobés nos contó sus aventuras al mismo tiempo que sus compañeros de oficina permanecen incrédulos. La pieza no está ausente de críticas a la sociedad moderna aunque no es este el único motivo por el que brilla.
Lo que hay que destacar de esta obra de teatro no es ella en sí misma, sino su puesta en escena. Es maravilloso descubrir cómo podemos volar sin despegarnos de nuestros asientos y, especialmente, sin abrir los ojos ni un instante. Creo que es importante darle cabida a este tipo de iniciativas que son un fuerte camino a la integración con las personas con capacidades diferentes.
La puesta en escena fue ideada por José Mancheca, luego de una experiencia en teatro a oscuras, “Caramelo de limón” dirigida por Ricardo Sued. La novedad en este caso fue que el director decidió salir a buscar actores no videntes, además de videntes. El éxito es indiscutido, ya llevan 10 temporadas en cartel, 10 años desde su estreno el 15 de Octubre de 2001.
Las funciones son todos los viernes y sábados a las 20 y 22; la puntualidad es fundamental ya que una vez comenzado el espectáculo es imposible ingresar. Las entradas están en venta a través de Ticketek o directamente en el Konex (Sarmiento 3131). El precio: $40, que sin dudas los vale. Recomiendo comprar las entradas con anticipación ya que en el centro cultural son imposibles de conseguir antes de cada función.